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Vive tu vida real, no la de Instagram

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“Trasladar lo vivido a la palabra es un proceso totalmente artificial”. Eso es lo que dijo una de las voces más interesantes del panorama literario actual. Herta Müller, novelista y Premio Nobel de Literatura 2009, creía firmemente que vivir era contrario a escribir. Palabras que suponía una contradicción pues en ella existía la extraña adicción por contar lo vivido, pero al mismo tiempo, miedo por narrar lo no era capaz de hacer.

Pero hay matices. Un escritor escribe para concienciar, emocionar, hacer pensar, para motivar, para cambiar el mundo. Pero la pregunta es ¿qué pretende un ciudadano de a pie publicando sus últimas vacaciones en aguas cristalinas?

La búsqueda del aplauso. Con la irrupción de las tecnologías en nuestras vidas, hoy, escribir no es algo inherente al escritor. Las redes han acentuado nuestra faceta más exhibicionista y en ella, hay un deseo estimulante en el ser humano que se produce al publicar cosas susceptibles de recibir “me gustas”. Llamémoslo aceptación de los demás, popularidad, admiración. Sin embargo, esta tarea ha cruzado la línea roja. Y nada bueno nace tras ella. Comparar lo que ve con su realidad promueve en la mente humana frustración, sensación de soledad e insatisfacción con su vida.

La vida es eso que pasa mientras miramos el móvil. Vagamos inconscientemente por vidas ajenas perdidas en una red social. Vidas que no se viven fuera de la pantalla. Vidas que no son reales porque detrás de ellas, no se ven los miedos, los obstáculos, las preocupaciones. No se ve la realidad. Es tan solo el espejismo social que hemos ido tejiendo en esa necesidad por demostrar al mundo quiénes somos, en lugar de disfrutar cómo somos.

El exceso de libertad de expresión ha convertido escribir en redes sociales en un acto banal. Es decir, se opta antes por decir todo lo que se piensa, en lugar de pensar todo lo que se dice. Compartir está bien pero nuestra esfera íntima ha dejado de serlo para convertirse en el entretenimiento del ajeno. No hace falta llamar a esa persona para saber cómo le va. Basta con meterse en su perfil social y saber lo qué come, dónde está, qué hace y cómo está.

Una red que nació para fomentar la comunicación ha tenido como consecuencia, que ésta en su sentido más verdadero, pase a un segundo plano. Disfrutamos con el móvil pero de forma individual. Basta con ir a un concierto, seguro que hay cientos de personas mortalizando el momento. Basta con quedar con un grupo de amigos para cenar, seguro que el 99 % de quiénes conforman la mesa cogerá el movil y, o bien, chateará, le dará un repaso a Instagram o publicará la comida en su perfil.

Hoy hay un error con el concepto de la vida. Parece que si no la estás mostrando, es porque no la tienes. El estudio ‘Jovenes y comunicación: La impronta de lo virtual‘, realizado por el Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud, destaca que “sin las TIC, los jóvenes se sentirían aislados, incomunicados, incompletos y no sabrían cómo rellenar rutinas, integrarse o socializarse”.

No obstante, no terminaremos esta reflexión con la idea negativa de Instagram. Pues todo nace con una virtud y un defecto. Conscientes de que nada en exceso es bueno, esta popular red social resulta interesante para estimular la proximidad, compartir conocimiento, dar a conocer de forma profesional el talento. Existen muchas posibilidades y ventajas, tantas como inconvenientes. Todo dependerá, como siempre, del grado de responsabilidad que reside en el interior de cada persona.

Compartir es sano, pero recuerda: “De los mejores momentos no hay fotos,no hubo tiempo de tomarlas”.

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